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Es el día de la madre, de modo que voy a hablarte de la mía, Julia Martín Arribas, a la que siempre han llamado cariñosamente Maruja en casa. La foto de la cabecera (la pongo porque ella está muy guapa, aunque yo me vea horrorosa) fue tomada el día 25 de agosto de 2014, antes de lo que yo llamo el Desastre.

Qué felices éramos entonces, y yo sin darme cuenta de ello. ¡Qué poco lo valoraba! Te juro que, bajo aquel sol intenso, no era capaz de imaginar una vida en la sombra.

Mi madre, como la tuya, es preciosa, es genial, es magnífica. Nació en la calle del Rabiche, en Zamora, y llegó muy muy lejos porque tuvo el coraje de enfrentarse a todos los obstáculos que se interpusieron en su camino, algunos tremendamente difíciles.

Por ejemplo, en una época en la que, si dejabas la relación con un novio, te convertías en el centro de las malas lenguas y raro era que ya pudieras casarte, fue lo bastante valiente como para plantar al que tenía entonces, cuando vio que la cosa no podía ir bien.

Eso sí, a consecuencia de aquello, salió de Zamora y se cumplió su destino. Porque, siendo jovencita, una adivina le dijo que solo se casaría después de haber visto el mar. Así ocurrió, al venir a Bilbao y conocer a mi padre.

Yo no creo en esas cosas, pero reconozco que es una anécdota que me encanta, digna de una de nuestras historias románticas.

Con él estuvo casi sesenta años, y juntos formaron una familia. No es que viajaran mucho, pero sí lo hicieron cuanto les fue posible. Esta segunda foto centrada en ella (estaba con mi padre, del que ya te hablaré en otra ocasión) fue tomada en Tailandia. Siempre me dice que la niña de la calle del Rabiche jamás hubiese podido imaginar que iba a pasear por las calles de Bangkok, o a tomar el sol en las preciosas playas de la República Dominicana.

Y es que, Julia Martín (la base de esa Juliah Martin con la que yo firmo en fantasía), esa mujer de la que nada sabías hasta ahora, empezó a trabajar a los 10 años, fregando de rodillas los inmensos suelos de madera de la casa de un cura, y ya no ha dejado nunca de hacerlo.

Apenas le permitieron ir a la escuela (Leer, algo que le encantaba, era perder el tiempo, se le iban a hacer los sesos agua, le decían. Al fin y al cabo, era una mujer, ¿para qué necesitaba hacerlo?), pero se formó como modista, una suerte para mis hermanas y para mí, porque hasta cosa de nuestros veinticinco años siempre nos hizo toda la ropa a capricho, y jamás nadie tenía nuestros modelitos.

Ha estado siempre. Ha amado siempre. Es la mujer más fuerte que haya conocido nunca, y eso me daba seguridad en otros tiempos, cuando mi mundo de niña estaba cobijado bajo su ala.

Pero, estos últimos meses, se la ve muy triste. Mi padre murió en noviembre, y el último de sus hermanos pequeños en diciembre, y sé que pena también por mis propias circunstancias, tan difíciles, y que han llegado cuando ella ya no se ve con ánimos como para ayudar.

A eso se suman sus problemas de memoria que cada vez son más graves y que antes nos tomábamos a broma, pero ya no. Imposible. Estoy preocupada, casi podría decir que aterrada, aunque no se lo diré, porque no tiene sentido. Ella ya lo sabe.

Ahora piensa mucho en Zamora. Cada vez más. Evoca de continuo escenas de la niña que fue, de los amigos que tuvo, de la vida que hizo en su amado bosque de Valorio, ese rincón mágico donde jugaba a ser la Jane de Tarzán. Y yo siento que día a día se aleja un poco más hacia aquellos parajes, a un tiempo en el que no puedo alcanzarla.

Bosque de Valorio. Zamora.

Todo esto te lo cuento a ti porque no puedo decírselo a ella, claro está. Seguro que me entiendes. ¡No es cosa de aumentar el desánimo que ya arrastra! Al fin y al cabo, no serviría de nada. Todo gira alrededor de esos aspectos de la vida, tristes pero inevitables, que nos alcanzan sí o sí con los años, y con los que todos debemos lidiar, llegado el caso.

Pero no dudes de que, a pesar de todo, ella y yo vamos a tener muchos más momentos luminosos como el de la foto de la cabecera. De eso voy a encargarme personalmente en cuanto me sea posible.

¡Sol, sol, sol! Que brille con fuerza sobre esta madre y esta hija. Que llene de luz y de calor nuestros corazones.

Hoy, Día de la Madre de 2021, le diré una vez más que la quiero y ella sonreirá, porque también lo sabe, pero me da lo mismo.

Eso sí se lo diré, y ambas seremos felices.